La mar de la infancia

Barahona
sierra del Bahoruco

Madrid un diciembre frío, salí a patear la mañana, el sol caía claro sobre los techos de la ciudad de Cibeles —diosa de la Madre Tierra—, por los alrededores del museo Del Prado, entré a mirarlo y en uno de sus pasillos, me detuve a contemplar la maja desnuda de Goya, salí casi con los cuadros pintados en los ojos que se fueron despejando al caminar por las calles peatonales de piedras con sus casas de paredes sin pinturas, solo cubiertas de sus historias no contadas, me fui despacio, hasta detenerme por unos minutos en una tienda de libros viejos, donde encontré un ejemplar de las obras completas de los hermanos Machado, en un solo tomo: los poetas, Antonio y Manuel, para mi era un libro más para la colección, de un comprador compulsivo de libros—como actuaba en ese entonces—, con el tiempo entendí que no es la cantidad de libros que tenga en los libreros de la casa, sino la calidad de los escritores, que te acompañen, y podamos acudir a ellos, cuando estemos buscando respuestas a tantas preguntas que nos hace la vida y a veces no encontramos las debidas respuestas.

Pero al final, como todo, los viajes, la noche marcaba su desenlace, me iba de Madrid, cargados de las últimas novedades de libros en las maletas, pero el de Antonio y Manuel, se iba conmigo, como un viejo amigo conocido, en mi viaje de regreso, como si fuera un tesoro, el libro, estaba estampado en una página como una edición especial de tres mil ejemplares, la que viajaba conmigo tenía como si fuera un asiento marcado el número de ejemplar 2,345.

Pero lo que más hizo el encuentro con Antonio, inolvidable, fue cuando leí esa noche, en el periódico del país en su suplemento cultural de Babelia, fue la historia de su muerte, su amor a su tierra, Sevilla y su musa Guiomar, la mujer imaginaria: dicen que Antonio, enfermo, acostado mirando el último sol, en hora de las cuatro de la tarde y mirando ese sol en Colliure, en Francia, murió, a pocos días de llegar a esa tierra, a un exilio causado por la guerra civil. Cuando su hermano Manuel, regresó en la noche y vio el rostro pálido de Antonio, reviso sus bolsillos de su gabán y encontró varios papeles escritos y arrugados , pero en uno encontró una frase que decía:

“Estos días azules y este sol de la infancia”.

En ese pequeño y  arrugado papel,  en solo una simple linea, estaba plasmada, casi toda sus poesías, la poesía nostálgica de su patria chica.

 

Cerré mis ojos, esa mañana del viernes de esta cuarentena, había tenido una conversación con mis amigos de la infancia en el chat y en un simple parpadeo, me llevó al mar de mi infancia, la mar de los siente colores, donde Carlos Enrique Toral, vestido, con su camisa blanca y un pantalón azul, caminaba hacía su casa, al medio día, mirando distraídamente el mar de la infancia, el mismo mar, que José Luis Terrero, sentía entrar como un fantasma invisible por la galería, sin pedir permiso, cuando sentía el olor a mar en su habitación, que compartía con sus hermanos, es el mismo mar que Rafael, veía al salir en ese viejo jeep del Batey central, en camino al colegio y le acompañaba, el amanecer en sus pupilas, hasta dejarlo de ver en la calle Colon y entraba con su larga melena juvenil, por esa puerta circular con el nombre de Colegio Divina Pastora.

La mar. La mar de la infancia: cada uno de los que nacimos en ese lugar, de montañas salobres y rio, de aguas que se abren el paso temblando y se bifurcan entre las piedras desgastadas y mueren en el mar de San Rafael.
Los que hemos escuchado los arboles y sus ruidos y hemos visto la luz hundirse en el cielo, tenemos, una ancla de corazón dentro, que queda en una sola palabra: En ese mar de la infancia. Barahona.

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