Para cuándo es la vida

 

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Dentro de un sueño estaba emparedado.

Sus muros no tenían consistencia ni peso:

Su vacío era su peso.

Los muros eran horas y las horas fijas

Y acumulada pesadumbre.

El tiempo de esas horas no era tiempo […] Octavio Paz.

Miraba las calles en la Zona Colonial con la sorpresa de un turista, cuando sale de el estómago de un avión o de un barco y va en camino en un taxi con un conductor desconocido, contándole algunas historias al recién viajero con olor a otros países, mientras los ojos se le escapan lleno de curiosidad por el cristal en una ciudad que nunca había pisado.

A mi regreso —después de un tiempo—, habían pasado varios días que Centroamérica empezaba a transitar en mi interior, en una etapa de los recuerdos. Y pienso en las tareas pendientes que tengo que ordenar, libros por concluir, experiencias pasadas que contar–para que no caiga en un zafacón–, como cantaría Sabina donde habita el olvido, con el paso de los tiempos.

Esas novelas y ensayos y poemas aplazados para leer sin ser interrumpidos por la burocracia laboral y las interminables agendas diplomáticas que no me dejaban soñar y sentarme una tarde y leer un libro hasta su final.

Esos largos años, transcurridos en ciudades a veces invisibles ante mis ojos y otras veces, ciudades que me sorprendían. son las mejores postales de espacios que se han quedado conmigo.

Había llegado a la zona colonial, con mi compañera de viaje en la vida, manejando un vehículo de esos que te llenan de satisfacción, por lo pequeño y tener esa sensación de desplazarse sobre las calles, pegado al asfalto oscuro de la vieja ciudad, hasta la calle del Conde.

Detenerme en la plaza de la catedral, pensé que la iba a encontrar despoblada, sin embargo, estaba llena de las gentes, que caminaban como si no existiera pandemia en el mundo llevándose seres humanos, sin importar razas ni clases sociales, ese virus que camina invisible entre nosotros, al parecer no encierra en cuatro paredes al dominicano.

Las casas en la zona colonial, por donde un día empezó a llegar la civilización, con sus enfermedades y sus ideas y sus extraños lenguajes, se han convertido en monumentos del pasado histórico, algunos hasta el descuido de las autoridades municipales, el Palacio de la esquizofrenia, donde me gusta tomar café, estaba sin una sola mesa desocupada, para sentarme junto a María Esther a mirar y escuchar a la gente que pasaban, en busca a veces de caminos desconocidos en la Zona Colonial.

Esas casonas de la época colonial de las calles peatonales se mostraban antes los ojos, deterioradas, aunque mostraban con orgullo silenciado las fechas cuando fueron construidas, una fiel partida de nacimiento de sus años en el mundo, sin caerse ante los pies de los humanos que se paran frente a ellas y las contemplan con el asombro de mirar la historia con vida.

Estas casas han sido testigo de gentes que soñaron en su interior, con la palabra libertad de la patria, otras fueron prisioneras no solo de sus ideas libertarias, sino de sus pensamientos, que quizás podían llevarla sobre sus cabezas a la cercanía del mar, mirar el horizonte y pensar que era posible soñar, tener utopía, de esas que traían las gentes que se desmontaban de los barcos, que llegaban por el puerto “sin preocupaciones” —San Soucis—.

Así decidí caminar esa tarde —como esa palabra San Soucis— que, en su traducción al Castellano, es “sin preocupaciones”. ¿A veces me cuestiono en mi interior, porqué la gente se complica tanto? si el día junto a la vida pasará, como pasan los tiempos sobre los rostros, y lo transforma en otro, aunque por dentro uno sea el mismo. La vida es un escape al futuro, que se marcha sin ruidos.   

Al final de la tarde, me he metido a un restaurante a comer, tenia deseos de recordarle al paladar la comida típica del país. Era cierto, parecía un turista al mirar los cambios que se han producido en la ciudad.

Pero esa tarde mi animo se sentía a lo San Soucis.  Pedí una cerveza con un nombre extraño, que ni recuerdo, no había en el restaurante la cerveza tradicional del país, pero que importaba, si la temperatura marcaba en el celular los veintisiete grados.

Escuchaba las voces de los comensales, las mesas estaban distantes, había que guardar el distanciamiento—era la ley-, y el patio del restaurante era bastante largo, en una de sus paredes se cubría de varios árboles de bambú, con sus alas largas y verdes que se movían al ser tocadas por el aliento del viento, y daba una sensación de frescura.

Eran mis primeros días de adaptación en la ciudad, empezaba a escribir una nueva página sobre la forma de pensar y vivir, y volver de nuevo a tomar un carril en la vida. Pero ya no tenia los veintiséis años, para mirar utopías de futuro.

Ahora estaba convencido de rehuir al ruido del mezquino, a los amigos que nunca fueron, al abrazo protocolar. Ahora estaba convencido que los días por venir lo iba a tomar de la mano con mi compañera de viajes y aventuras de treinta y siete años, pero está vez, sin las niñas, que se fueron convirtiendo en jóvenes universitarias y luego en profesionales y sin las cargas que no sean la que ella y yo nos impongamos. Esta vez había que tomar la vida a lo San Soucis.

¿Porqué al final, para cuándo es la vida?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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